Cada año, miles de personas en España se convierten en avalistas sin conocer las consecuencias reales de lo que están firmando. Te contamos los cinco peligros de ser avalista, cómo puede afectar a tu economía y tu herencia, y qué hacer si ya te encuentras en esta situación.
Un avalista es la persona que garantiza el pago de un préstamo o crédito. Si el titular principal no paga, el banco puede reclamar la deuda al avalista.
Cuando firmas un aval, estás actuando como garantía de pago. Esto implica una responsabilidad solidaria, lo que significa que el banco puede dirigirse directamente contra ti sin esperar a que el deudor principal pague.
En resumen: aunque tú no recibas el dinero, la entidad financiera puede exigirte el pago total del préstamo, con sus intereses, comisiones y gastos adicionales.
Uno de los mayores riesgos de ser avalista es que, ante el impago, el banco te considera igual que al prestatario. Desde el primer impago, tú puedes recibir una reclamación formal y estar obligado a abonar la deuda completa, incluidos los intereses de demora.
A diferencia de lo que muchos piensan, el banco no tiene que agotar las vías contra el titular del préstamo antes de ir contra el avalista. Puede hacerlo de forma inmediata.
En la práctica, esto significa que si la persona a la que avalaste deja de pagar, el banco puede reclamarte el pago total del préstamo hipotecario o personal.
Si el deudor principal no cumple, la entidad puede ejecutar el aval y embargar tus bienes personales, incluyendo:
Incluso si se trata de una hipoteca, tus bienes pueden verse afectados antes que los del titular, dependiendo de cómo se haya firmado el contrato de aval.
Cuando eres avalista, parte de tus ingresos se considera comprometida. Los bancos evalúan que ya tienes una responsabilidad de pago, por lo que pueden negarte un nuevo crédito o préstamo hipotecario.
Esto puede dificultar:
Si el titular del préstamo deja de pagar, además de tener que responder por la deuda, tu nombre puede acabar en los ficheros de morosidad como ASNEF. Esto afectará a tu capacidad de conseguir financiación en el futuro.
Una vez firmado, el aval te vincula hasta que la deuda quede completamente saldada. No puedes renunciar unilateralmente, ni aunque cambies de opinión.
Las únicas formas de liberarte son:
Uno de los peligros menos conocidos de ser avalista es que la responsabilidad del aval no siempre acaba cuando la persona fallece. Si al morir queda una deuda pendiente, esta puede transmitirse a los herederos, junto con el resto del patrimonio.
Cuando una persona acepta una herencia sin revisar si hay avales de por medio, puede acabar respondiendo con sus propios bienes por una deuda ajena.
Por eso es importante que los herederos acepten la herencia a beneficio de inventario, lo que limita su responsabilidad al valor de los bienes heredados.
Ser avalista de alguien que ha dejado de pagar puede convertirse en una auténtica pesadilla. De un día para otro, empiezas a recibir llamadas del banco, reclamaciones y avisos legales. Pero tranquilo, aún hay soluciones para recuperar el control antes de que la situación empeore.
Lo primero es revisar bien el contrato de aval. Comprueba qué cantidad garantizaste, si el aval es solidario y si existen cláusulas poco claras. En algunos casos, los contratos presentan falta de transparencia o condiciones abusivas, lo que podría permitirte solicitar su nulidad o impugnación.
Si el impago ya se ha producido, lo mejor es actuar con rapidez y hablar con el banco. A veces, las entidades prefieren renegociar la deuda o establecer un nuevo plan de pago antes que iniciar un proceso judicial. Sin embargo, estas negociaciones no siempre ofrecen condiciones justas, y en la mayoría de los casos el avalista acaba asumiendo una carga que no le corresponde.
Muchos avalistas, al verse presionados, cometen el error de pedir otro crédito para cubrir los atrasos. Pero eso solo agrava el problema: las cuotas se multiplican, los intereses crecen y la deuda se vuelve insostenible.
Si estás en esa situación, lo más inteligente no es seguir pidiendo dinero, sino reorganizar tus deudas.
En Repagalia sabemos lo complicado que es vivir con el peso de varias deudas —ya sea por haber avalado a alguien o por tus propios préstamos—. Por eso ofrecemos una alternativa real y eficaz: la reunificación de deudas.
A diferencia de otras soluciones, no necesitas avalista. Nuestro equipo analiza tu situación, negocia directamente con tus acreedores y diseña un plan de pagos que se adapte a tus ingresos. Así, podrás pagar todo lo que debes con una sola cuota mensual, más baja y manejable.
Ser avalista puede ser un gesto de confianza, pero también puede arrastrarte a una situación injusta. Si la persona que avalaste no paga y además acumulas tus propias deudas, la reunificación puede ser el paso que marque la diferencia.
Con una única cuota adaptada a tu economía, sin avales ni intereses abusivos, podrás liquidar tus deudas de forma ordenada y definitiva.
Contacta con Repagalia y descubre cómo podemos ayudarte a reunificar tus deudas, proteger tus bienes y recuperar tu tranquilidad financiera.
No estás solo: nosotros negociamos, tú recuperas la tranquilidad.
Analizamos tu caso y diseñamos tu plan de ahorro sin compromiso
Quiero mi plan